Descubrir un Dojo

Hoy quiero compartir con ustedes una experiencia que me encantó, y me continúa llenando de placer cada vez que tengo la oportunidad de vivirla.  Es que soy un poco fanática del clima y las energías que inundan los dojos de cuerdas o cualquier otra disciplina.

La vida de dojo es una experiencia inolvidable y profundamente enriquecedora, ya que todo lo que se vive trasciende el mero y simple aprendizaje de cuerdas y queda anclado muy profundamente en nuestra alma.

Tuve el honor de entrar a mi primer dojo de cuerdas de la mano de un gran amigo.  Es que fue él quien me invitó cuando lo creó dentro del Club Social Rosas 5 de Barcelona especialmente para que  Osada Steve Sensei pudiera impartir sus workshops intensivos en el año 2009.  Luego estos workshops se repitieron en los años 2010 y 2011, sin perder nunca su tan especial condición de dojo, que me capturó desde un primer momento.

Yo me anoté para participar en todas las clases posibles.  También me ocupé en ese momento de investigar y comprender los rituales japoneses de un dojo.  Me gustaba esa sensación de respeto y honor que se vivía dentro de esas cuatro paredes. Me encantaba el clima que se generaba y cómo esto ayudaba a un aprendizaje serio y a la vez delicado.  Fue así que Kurt, mi amigo y fundador del lugar, me sugirió que debía entrar al tatami antes del comienzo de clases para poder entregarle a Sensei un pequeño y humilde presente especialmente traído desde mi lejano país.  El también adoraba las costumbres japonesas, el respeto y honraba mucho a su Sensei. Recuerdo mi sensación al ingresar y ver por primera vez a Osada Steve Sensei preparándose para recibirnos al tatami. Entraba casi con vergüenza de molestar su privacidad y luego de hacer una leve reverencia él me invitó a acercarme hacia él con su mirada tranquila. Le entregué el regalo con algunas breves palabras explicativas y me retiré asegurándome de no darle la espalda (tal como es la costumbre japonesa).

Siempre quedó guardada en mi retina la imagen de los zapatos de todos los asistentes agrupados a la entrada del tatami.  El silencio inundaba el lugar mientras al frente de la clase, vestido con su clásico samue nuestro sensei nos daba la bienvenida. Las horas transcurrían con la entrada y salida de muchas personas que venían a tomar alguna clase en particular. El clima en clase era de un profundo silencio sólo quebrado por el sonido de las cuerdas cortando el aire o el de sus nudos cayendo sobre el tatami de vez en cuando.  Sensei recorría a cada uno de los integrantes de la clase y las preguntas se hacían siempre hacia el sensei y sin levantar la voz. A medida que pasaban los días mi oído se aguzaba y con sólo escuchar aquellos sonidos podía distinguir el yute del cáñamo sin siquiera mirarlos.

También se vivía un impresionante respeto por las cuerdas propias y ajenas. Todos tenían mucho cuidado por no pisar ninguna cuerda y de mantener el silencio en lo posible para no romper el clima. Reinaba un profundo respeto por la entrega de los modelos, y por todo lo que se vivía en esos especiales momentos. Era como si todos quisiéramos atesorar lo vivido y guardarlo en nuestras memorias por siempre.  Pude comprender algo que sólo se aprende al vivir experiencias como estas.  El amor por las cuerdas y por el honor del Shibari mismo sólo se puede aprender a vivir cuando uno lo practica con pasión.

Fue durante aquellos años que recuerdo haber tenido la necesidad de escribir cuatro artículos expresando con detalle todo lo que pude aprender con respecto al manejo de las cuerdas y a la relación entre el atador, el atado y el observador:

Shibari Kinbaku como Ritual: Protocolo para Espectadores y Atados (Parte I)

Shibari Kinbaku como Ceremonia: Interacción entre Atadores y Atados (Parte II)

Cuestiones de Honor: Interacción entre Atadores y Atados (Parte III)

Shibari Kinbaku (parte IV): El Camino del Aprendizaje

 

Mas adelante, cuando tuve la oportunidad de visitar otros dojos de Shibari/Kinbaku en el mundo, me sorprendió gratamente y me llenó el alma el poder sentir que el mismo clima de trabajo se percibe en el Copenhagen Shibari Dojo de Yukinaga Max, así como en el dojo de Yukimura Haruki Sensei de Tokio y el de Osada Steve Sensei de Tokio.  La memoria emotiva que despiertan en mi estas experiencias es algo que renueva la energía y las ganas de seguir mi camino en el Shibari/Kinbaku cada día.   No voy a negar que también me lastima cuando algún desaprensivo enloda y bastardea estos términos con el simple afán de sus cinco minutos de fama, o con el irrespetuoso concepto en el que cualquier cosa puede ser usada o manoseada en nombre del marketing.   Es triste cuando la gente se presta a esto sin medir lo que está haciendo.   Pero volviendo a lo importante, es fundamental que si te interesa el shibari y realmente quieres tomarte las cosas un poco en serio, le des una oportunidad a sentir estas poderosas energías, estas inolvidables experiencias en tu alma.  No se necesita dinero o viajar para ello.  Puedes sentir lo que es un dojo con simplemente proponertelo, y vivirlo con solo encontrar algún dojo de aikido, dojo de kendo, dojo de karatedo cerca de tu casa.

 

 

Seguramente lo que comparto con ustedes pueda resultarles extraño a algunos, o familiar para otros. Pero no vengo a contarles un cuento de hadas, ni a intentar convencerlos de transformar lo que ustedes crean.  Tan solo abro mi corazón con ustedes para compartir esa especial energía que fluye en cada cuerda, en cada lazada, y que se puede sentir al vibrar en el aire y rozar el cuerpo de quien se entrega a tus cuerdas.   Esa energía, tan sagrada, tan irrepetible, tan sensible, no nace solo de las cuerdas. No nace solo de tus manos, tus habilidades o las ataduras que aprendas.  Esa energía tan especial llamada Shibari/Kinbaku surge de todas estas experiencias, de todo ese cúmulo de momentos y sensaciones que llenan nuestro alma.   Cuidémosla y nutrámosla en cada momento.

 

 

Tsubaki