La impronta del atador

Recién ha terminado la sesión de cuerdas. Sientes el mundo poco a poco volviendo a tu alrededor mientras tu cuerpo comienza a añorar ese abrazo cálido y apretado de las cuerdas de tu atador que ahora se han ido.  Respiras hondo con una sonrisa en tu rostro y no tienes dudas que esta experiencia fue única y que te encantará repetirla.

Esa podría ser la crónica del final de cualquier sesión de Kinbaku que se precie desde el lado de quien ha tomado el rol de modelo de cuerdas. Por otro lado también es algo que normalmente hace estallar los aplausos de quienes ocasionalmente pudieran estar presenciando la sesión de cuerdas como espectadores.  Como en todo arte, uno no tiene parámetros para definir lo que está bien o lo que está mal, pero indudablemente percibe desde su rol de observador cuando una escena transmite algo.

Itsuka by Haru Tsubaki

Itsuka by Haru Tsubaki

 

Seguramente habrá quienes se quedan con la belleza de la figura, con los patrones logrados luego de aplicar metros y metros de cuerda sobre el cuerpo inmovilizado del modelo.  Esto fotografía muy bien seguramente, sobre todo cuando se logra posiciones espectaculares que provoquen el asombro de quienes observan. Pero dejemos las espectaculares proezas físicas para los amantes del circo y ahondemos un poco más en aquello que transforma al Shibari / Kinbaku en ese momento tan especial que congrega tantos amantes de las cuerdas.

El arte del Kinbaku podría definirse casi como una danza con cuerdas.  Tiene ritmos, tiene sincronía, tiene lectura de lo que va a hacer nuestra pareja, y por sobre todas las cosas es algo personal que nos identifica a cada uno. Un buen atador tendría que ser capaz de ingresar a una habitación donde su modelo de antemano se encuentre con los ojos vendados y sin mediar palabras ser capaz de transmitir su arte con las cuerdas de forma tal que no le queden dudas al modelo sobre la identidad del atador.


Esta impronta del atador es lo que lo hace único e irrepetible, lo que la da personalidad, estilo, y lo identifica del resto.  Es así como uno puede asistir a una exhibición de Shibari Kinbaku y jamás aburrirse, puesto que cada uno de los artistas propondrá una nueva danza. Una nueva y particular forma de relacionarse con su modelo. Sus ritmos variarán, sus cuerdas volarán en el aire y nuestros ojos ya no estarán solo pendientes de los patrones que dibujen sobre ese cuerpo, o de las posiciones espectaculares que logren, sino más bien de cómo esa danza los va transformando y nos va comunicando ese potente flujo de energía entre ambos.  Esto es lo que diferencia un simple atador de un verdadero nawashi (un artista de las cuerdas).

Como todo arte, a veces es muy difícil de transmitirlo en palabras por más vueltas que uno dé sobre las sensaciones que se producen.  Tampoco las fotografías hacen justicia hacia lo que el momento significa y lo que se siente en el aire durante la sesión.  Solo algunos grandes artistas de la cámara han logrado captar pequeños trozos de este esquivo arte que nos permiten a quienes ya hemos vivido esta experiencia, rememorar sentimientos y percibir a través de la lente, sabiamente apuntada, el momento justo donde la imagen trasciende lo visible.

En un mundo de sensaciones y donde el arte no puede transmitirse en palabras o imágenes, es importante el permitirnos sentir esa energía tan especial que se hace presente en una verdadera sesión de cuerdas. Difícil es describirlo si aún no lo has percibido. Pero no me queda duda alguna que si en algún momento tienes la oportunidad de presenciarlo, o mejor aún de vivirlo como modelo, comprenderás de inmediato a lo que me refiero.  Ya no te importarán tanto las figuras y la espectacularidad de las ataduras sino que tu mente dará un paso más allá del espejo y podrás entrar, como Alicia, a un mundo singular donde el tiempo fluye distinto y las palabras sobran. Ese día, sin importar si eres espectador o modelo, cuando tu mente se permita danzar al ritmo del nawashi, habrás comenzado a comprender el maravilloso arte del Kinbaku.

Haru TsubakiHaruTsubaki