El Shibari Kinbaku en la era de Internet

Vivimos en una era donde nos despertamos conectados a Internet, amamos, comemos, nos relacionamos estando conectados, y muchas de nuestras actividades, en mayor o menor grado se comparten a conocidos y extraños en la red comunicacional más grande de la historia. Hace ya un tiempo, y con el advenimiento de los dispositivos móviles como smartphones, tablets etc, algunos usos y costumbres han venido cambiando y la hiperconectividad de las personas se ha venido acentuando. Internet ha asumido el rol de caja amplificadora de nuestra condición humana, magnificándolo todo, sin distinguir entre lo correcto, lo bueno, lo provechoso, lo errado, lo malintencionado, lo falaz, etc.

En este paradigma, casi todas las culturas underground hallan gran parte de su espacio de comunicación debate y en algunos casos de aprendizaje en este ámbito. Un espacio donde la mayoría de las veces las identidades son virtuales, y donde solo unos pocos podrían reafirmar presencialmente lo que escriben o enseñan, y donde el anonimato se vuelve escudo y trampa a la vez. El mundo del Shibari Kinbaku no está ajeno a este fenómeno que muchas veces tergiversa las cosas, trocando lo verdadero por lo popular sin reparo alguno en los orígenes o la veracidad de lo publicado.

He escuchado incontables veces que la percepción de un concepto depende del punto de vista del observador. En esto me quedé pensando mientras recordaba la alegoría de los ciegos y el elefante:
En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces contra el costado del animal. “El elefante –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

 

Primavera en Palacio Real (Tokio 2013)

Primavera en Palacio Real (Tokio 2013)

Me quedé pensando que es en este mismo modo, que siento hoy en día que mucha gente tiene conceptos inexactos sobre el Shibari Kinbaku, basados en la comodidad de creer en todo cuanto aparece en Internet. Hoy en día muchos sienten como verdades absolutas lo que una página pueda decir basándose más en un arbitrario algoritmo de popularidad, ó basado en la cantidad de visitas a la página, sin importar la veracidad o la trayectoria de la fuente. Deberían ser los lectores mismos los que elijan las fuentes más confiables por sobre las menos, y de esa forma lograr que la popularidad sea un reflejo cercano a la veracidad. Sin embargo esto no sucede así hoy en día. La gente no se toma el trabajo de verificar las fuentes de la información y creen a cualquier persona que bajo cualquier método haya logrado tener una determinada audiencia detrás. En ese sentido existe mucha cultura del “facilismo” y la popularización bajo la solapada falacia de “vivir el Shibari como a cada uno le nace”. Esto determina que haya tantas versiones del Shibari Kinbaku como personas se dispongan a vivirlo en forma autodidacta, lo cual no estaría mal, salvo cuando se pierde totalmente el sentido del arte original. En ese sentido, cada vez que tengo la oportunidad de cruzarme con alguno de esas populares fotos con tantos likes, me tomo el trabajo de releer los conceptos vertidos por Grandes Maestros del Shibari como Akechi Denki, Arisue Go, Yukimura Haruki, Naka Akira, u Osada Steve, y busco en la escena ¿Dónde está la comunicación? ¿Dónde está el foco del atador? ¿Qué es lo que se intenta mostrar?

El comprender el arte Japonés no es tarea sencilla. Más allá de visitar la isla en un par de oportunidades, es necesario sumergirse en la cultura para poder comprender sus conceptos de belleza, de armonía, de simpleza, inclusive de lo ritual alrededor de las cuerdas. Hay que saber muy bien qué leer y qué descartar, saber privilegiar los autores que realmente están embebidos en la cultura tradicional de la isla, y abrir nuestra mente y corazón a conceptos tan lejanos a la cultura occidental que pueden inclusive llegar a sonar demasiado fundamentalistas a nuestra mente. Lo cierto es que todos los artes japoneses que se precien nunca están exentos de una importante cuota de tradición que normalmente marca la diferencia entre la simple imitación y la genuina implicación personal en lo que hacemos. El negar este componente dentro de lo que hacemos habla a las claras de que nos interesa más la forma que el fondo, lo que aparenta y brilla, sobre lo que se siente. Allí es donde uno comprende el verdadero significado y entiende claramente cómo aplica la frase de Osada Steve cuando menciona:


“… lo que no me gusta son los occidentales que clasifican sus ataduras como “Shibari” cuando, en realidad, lo que están haciendo es deconstruir el modo en que una atadura japonesa ha sido lograda, para intentar recrear sólo la apariencia final, inspirándose en la estética japonesa sin tomar en cuenta el proceso como un todo.”

Si uno mira con atención, quienes realmente saben de esto y son iconos vivientes de este milenario arte, tienen una relación muy diferente con la red de redes. Ellos han comprendido que Internet es una vidriera en la cual desean estar presentes, mostrando sus obras, convocando a sus eventos y performances, ofreciendo sus entrenamientos presenciales. Pero seguramente habrán notado también (si no lo hicieron sería interesante que lo noten de todos modos) que ninguno de ellos ha ofrecido jamás ningún tipo de enseñanza por este medio. Lo más que habremos visto será alguna simple aclaración de algún concepto teórico que eventualmente y esporádicamente pudieran haber deseado compartir.

Existe un dicho tácito entre los Maestros japoneses y aquellos que ya han logrado un nivel de prestigio importante en cualquier arte que reza que quienes saben, no lo divulgan.

Los Budistas Zen han sido siempre cautelosos con las trampas del lenguaje y consideran que este es el mayor obstáculo para la comprensión real. La frase Furyu monji (literalmente, “no te apoyes en palabras o letras”) denota el concepto Zen que indica que ninguna comprensión profunda puede ser lograda a través de la palabra hablada:

“Aquellos que no saben hablan, los que saben no hablan. “

Tratar de explicar el camino hacia la iluminación es tan inútil como tratar de atrapar el reflejo de la luna en un estanque, y hay una tradición en el Zen de mantener la ambigüedad para que la mente no confunda el foco de las cosas.

(Wabi Sabi  El arte japonés de lo efímero - Andrew Juniper)

Fieles a la tradicional forma de transmisión de conocimiento japonés, ellos aprendieron a través del arduo camino del Deshi, siguiendo de cerca durante años a sus Maestros, captando entonces no solo la técnica sino la esencia, el espíritu y los códigos de este maravilloso arte.

Es así que nos encontramos hoy en día, en analogía con la vieja alegoría de los ciegos y el elefante, con diferentes versiones de lo que para cada uno de los que escribe en Internet es el Shibari Kinbaku, desarrollando a su alrededor fanáticos que siguen ciegamente lo que ellos dicen haber visto. Cada cual lo ve a su modo, pero pocos, realmente pocos, lo ven de una forma holística, completa y realmente cercana a lo que este arte representa para los japoneses.

Solo aquellos que se han permitido beber de la fuente original de sus orígenes, viajando no una sino varias veces a Japón, permeabilizandose a sus usos y costumbres, y tratando de comprender con la mente abierta lo que este arte significa para los propios japoneses, se encaminan a transitar el largo sendero del desarrollo del Shibari Kinbaku tal como lo conciben los mismos japoneses.

Otros simplemente se quedan en sus conceptos y luchan por imponer su porción de verdad, olvidando la armonía global que este arte propone, quedándose en una simple versión de un arte de cuerdas occidentalizado con rasgos de japonismo.

Haru TsubakiHaruTsubaki